Venezuela está de fiesta. El día del Sagrado Corazón, 19 de junio pasado, el Papa Francisco firmó el decreto de beatificación de José Gregorio Hernández. Dentro de un tiempo vendrá el acto de beatificación, pero no antes de que pase esta pandemia, a fin de que sean muchos los que puedan asistir al acto, que será en Caracas. El cardenal Baltazar Porras llevó en enero de 2019 el dosier con los documentos sobre el milagro de José Gregorio, que han permitido su beatificación. Consistió en la curación de la niña Yaxuri Solórzano, que fue gravemente herida en el cráneo por un asaltante que pretendía quitar la moto a su padre. La madre de la niña se la encomendó a José Gregorio y los médicos no supieron cómo curó tan rápida y totalmente.

Muchos se preguntarán por qué tardó tanto este reconocimiento de la Iglesia, nada menos que 72 años, después que fue iniciado el proceso en 1948 por el arzobispo de Caracas Lucas Guillermo Castillo. Ernesto Hernández Briceño, sobrino de José Gregorio, escribió la primera biografía, que fue publicada por la UCV poco tiempo después. Muchos rindieron testimonio de las virtudes del santo varón ante el tribunal eclesiástico, pero luego se trabó el proceso varias veces hasta estos últimos tiempos, aunque siempre fue reconocido y querido, como lo demuestra el título que le dieron en vida: “médico de los pobres” y la conmoción que produjo su muerte inesperada el 29 de junio de 1919. Quiero traer a colación dos testimonios del aprecio en que le tenían sus contemporáneos, manifestado con motivo de su muerte.

El afamado médico Luis Razetti lo expresó de este modo:

“El respeto que siempre me ha inspirado la inmaculada vida del doctor Hernández, con cuya amistad me honré, a pesar de que ambos girábamos en los polos opuestos del pensamiento filosófico; el conocimiento perfecto que tengo de sus aptitudes y de su vasta ilustración científica; y sobre todo mi admiración por la entereza de aquel carácter, que jamás se desvió ni una línea del camino que debía conducirlo a lo que él creía la realización del supremo ideal de la vida, son los móviles que hoy me inspiran estas líneas ingenuas, expresión de mis sentimientos, ante la irreparable desaparición de un hombre, de quien la patria debe esperar aún muchos beneficios”.

Y en el momento de enterrarlo en el cementerio general del Sur condensó muy bien lo que significó la vida de José Gregorio: “Fue médico científico al estilo moderno: investigador penetrante en el laboratorio y clínico experto a la cabecera del enfermo; sabía manejar el microscopio y la probeta, pero también sabía dominar la muerte y vencerla. Fue médico profesional al estilo antiguo: creía que la medicina era un sacerdocio”

El gran novelista Rómulo Gallegos lo condensó admirablemente en unas frases inolvidables: “Bendita la muerte de este hombre, que nos ha hecho vivir horas intensas de elevación espiritual… lágrimas de amor y de gratitud, angustioso temblor de corazones quebrantados por el golpe absurdo y brutal que tronchara una preciosa existencia, doloroso estupor; todo esto se formó en torno al féretro del doctor Hernández, el más honroso homenaje que un pueblo puede hacer a sus grandes hombres… no era una muerto que llevaban a enterrar; era un ideal humano que pasaba en triunfo… puede asegurarse que en pos del féretro todos experimentamos el deseo de ser buenos”.

José Gregorio Hernández es la única figura que une a todos los venezolanos, sin tomar en cuenta raza, religión, cultura y clase social. Todos lo reconocemos como el hombre que puede sacar a Venezuela del pantano en el que está embarrada. Desde luego, hace falta no fingir o no querer aprovechar su figura para fines políticos o de otra clase. Eso deshonraría al santo de los venezolanos. Muy al contrario, hay que pedirle a Dios y a la Virgen que por intercesión de José Gregorio se aplaquen las diferencias, se haga factible la reconciliación entre el gobierno y la oposición, y se vuelva al ejercicio de una democracia ahora inexistente.

P. Francisco Javier Duplá, S.J.

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