No es un secreto que desde que inició su pontificado el Papa Francisco ha estado insistiendo en el carácter central que tiene para ser cristiano la atención y protección de los migrantes y refugiados. Su persistencia en el tema lo ha llevado a desafiar la actitud pasiva e indiferente de muchas naciones ante el drama que viven millones en el planeta, que se han visto forzados a dejar su tierra, familia y bienes materiales escapando de la violencia y la injusticia.

El 29 de septiembre de 2019 se celebró la Jornada Mundial por los Migrantes y Refugiados, la cual, aun cuando fue instituida hace más de un siglo, es primera vez que se celebra en el noveno mes del año. Algo que como Venezolanos en años anteriores, era conmemorado para agradecer a quienes han venido a estas tierras en busca de prosperidad para hacer vida en ella, ahora ha tenido otro tono. En esta oportunidad, la oración y la misa también incluyen a muchos venezolanos que se han ido al extranjero para huir de la calamitosa realidad social, política y económica que atraviesa el país.

En las instalaciones de la Parroquia Universitaria de la Universidad Central de Venezuela “La Epifanía del Señor”, animados por el equipo del Servicio Jesuita a Refugiados Venezuela, nos reunimos un grupo de feligreses en la misa de las 9:30 am para orar por nuestros hermanos y hermanas que se han ido. Nadie quedo exento de colocar un papelito con el nombre de algún familiar o amigo que ya no vive entre nosotros. Todos nos vimos hermanados por la ausencia de aquellos que amamos y que ahora están lejos.

Las lecturas del día, que resaltaban la necesidad de ser justos y de mirar las necesidades de los otros en esta vida, nos invitaban a reflexionar sobre la situación de los millones de migrantes, no solo de nacionalidad venezolana, sino los que recorren los caminos del mundo entero. En nuestra oración, y como gesto de amor, colocamos el mapa con los nombres de nuestros seres queridos, ubicados en los lugares de su nueva residencia debajo de la imagen de la Madre de Todos, Nuestra Señora de Coromoto. A ella, le pedimos que interceda ante el Hijo, para que pronto se tomen las acciones conducentes a disminuir los abismos que separan los migrantes forzosos y refugiados de sus hogares; abismos y vacíos de solidaridad y compasión que parecen tan infranqueables como el que separaba al rico del pobre Lázaro, descrito por Nuestro Señor en la parábola proclamada ese Domingo.

 

Eduardo E. Soto Parra S.J.

Director– JRS Venezuela

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