La misión de los jesuitas en la Enfermería es orar por la misión de la Iglesia y de la Compañía. Que ésta es una misión fundamental se ha insistido antes en este espacio.

En el espíritu de la contemplación para alcanzar amor, en agradecimiento por tanto bien recibido, la vida orante se alimenta por la diversidad de la creación y se dirige a ella traduciéndola en cuidado, servicio y transformación humanizadora.

El Plan Apostólico de la Provincia 2021-2026 (Objetivo Estratégico 5) señala la urgencia de colaborar en el cuidado de la Casa Común construyendo modelos alternativos de vida basados en el respeto a la creación y un desarrollo sostenible. Desde la Enfermería podemos aportar en esta dirección y sumarnos, sencilla y humildemente, a esa moción del Espíritu que la Iglesia, y la Compañía en ella, ha asumido de modo preferencial.

En medio del proceso de renovación de la Enfermería (y de la Comunidad San Ignacio en general), se ha procurado optar por conservar el mobiliario existente, con creatividad y sin renunciar a la dignidad de los espacios y la calidad de vida de las personas. Todo lo que pueda ser reciclado (incluyendo ropa, zapatos, anteojos, relojes…), se reutiliza, evadiendo la cultura del afán consumista, de la moda y el descarte. Se procura utilizar bombillos ahorradores y usar solo los necesarios para una iluminación suficiente. Vamos tratando de conservar y multiplicar elementos de la naturaleza (especialmente plantas ornamentales) que vehiculen la relación con el Rey de la Casa Común, Señor del Cielo y de la Tierra. En los procesos administrativos y logísticos utilizamos papel reciclable en casi la totalidad de impresiones y fotocopias. Aunque es preciso el uso de máquina secadora de ropa, mientras se puede, utilizamos la técnica tradicional de secado al sol.

Estos y otros pequeños detalles no son suficientes; son incluso insignificantes. Lejos estamos de asumir sistemáticamente y con audacia la nueva mentalidad y praxis promovida por la Laudato Si; lejos quedamos de todos los esfuerzos que, a nivel laico, eclesial y de la Compañía, se están realizando sobre la faz de la tierra; pero nos anima la esperanza cristiana de ver en lo germinal la promesa de plenitud. No nos ayuda la ausencia de una cultura ecológica estatal y ciudadana ni dejar atrás (como imposible por la reducción de personal) el acompañamiento a nuestros pueblos indígenas, del cual algunos de nuestros compañeros de la Enfermería fueron protagonistas.

Pedimos a Dios creatividad y eficacia para la Provincia en este reto que hemos transformado en preferencia, tan vinculado al resto del apostolado preferencial actual y que es tan propio de una vida consagrada en pobreza evangélica. Los gritos de la Madre Tierra, nuestra Casa Común, están ahí, como están los garridos de las guacamayas que, mañana y tarde, con fidelidad suplicante, portan el grito del planeta sufriente y la belleza multicolor de la Creación del Padre Bueno. Para seguir disfrutando de tanta belleza que se nos regala, escuchemos atentos ese incómodo garrir.

Roberth Urdaneta, S.J.