DESDE DONDE INTERNET NO FUNCIONA.
Creo que esta Semana Santa nos ha dejado una experiencia excepcional para comprender la Iglesia como Comunidad Viva en torno a Jesús y no un edificio de piedra, administrado por el clero. Al cerrar prácticamente casi todos los templos por la cuarentena, hemos redescubierto que la Eucaristía y la Pascua se celebran donde hay dos o tres reunidos en su nombre, en el hogar, en la vecindad, aun en la distancia donde hay una comunidad virtual configurada a través de las ondas y llena del Espíritu de Dios. A Dios no se le adorará “Ni en este monte, ni en Jerusalén”, como le dijo Jesús a la Samaritana”. Los monumentos espectaculares, la competencia artística de imágenes, la orfebrería eucarística, las procesiones y espectáculos religiosos, y hasta la Iglesia electrónica, mal entendida, han contribuido a desfigurar la imagen de la Iglesia como comunidad de vivientes y a Jesús de Nazaret, el Cristo Vivo, como nos recordó nuestra poetisa latinoamericana Gabriela Mistral. Revivamos sus versos olvidados, entre el mármol, el incienso y los oropeles. LA IMAGEN EQUIVOCADA. Verso a Jesús Vivo [Gabriela Mistral]

UNA EXTRAÑA VIGILIA PASCUAL.
La celebración no ha podido ser de noche, sino a las 10 de la mañana por la cuarentena; no he podido subir en un jeep por falta de gasolina y me ha dado la cola un chofer de camión de volqueta que usa gasoil; la ceremonia de la bendición del agua no ha sido en la Capilla para evitar concentraciones, sino en la azotea de una casa; no hemos podido mantener el cirio prendido por el fuerte viento y en su lugar hemos encendido una antorcha; tampoco hemos repartido las hostias de la comunión físicamente, y la participación ha sido inalámbrica, espiritual y a distancia. Pero eso sí el fuego ha incendiado nuestros corazones y el viento del Espíritu ha soplado más fuerte que nunca. ¡FELIZ NOCHE! ¡FELICES PASCUAS!

PENTECOSTÉS DE AGUA.
Cuando celebrábamos la Misa de Pentecostés en la azotea de una casa de Carapita y pedíamos al Espíritu Santo llamas de fuego para iluminarnos, nos amenazó con la lluvia para refrescarnos y después, atendiendo los ruegos de José Gregorio Hernández, nos mandó un palo de agua. ¡Bendito, José Gregorio que adivinó nuestros deseos!

Jesús María Aguirre S.J.

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