El Hno. Juan Cruz Eizaguirre Aizpuru, S.J. nació el 27 de noviembre de 1919, en el caserío Eizmendi Barrena, perteneciente al Municipio de Azpeitia (Guipúzcoa). De su educación inicial se desconocen los detalles. A partir de 1930 trabajó como carpintero y ajustador en Azpeitia y Zumaya. En 1938 se alistó para cumplir con el servicio militar por 7 años. Le tocó estar en el frente de batalla durante la guerra civil española y alcanzó el rango de cabo. Después de la guerra volvió a su oficio como carpintero durante un tiempo, pero el Hno. Eizaguirre, S.J. comenzó a sentir el llamado de la vocación ignaciana y a pocos días de cumplir los 30 años ingresó en el Noviciado de Loyola el 19 de noviembre de 1949. Sus padres Santiago Eizaguirre y María Julia Aizpuru tuvieron siete hijos, tres de ellos ingresaron a la vida religiosa. Concepción Eizaguirre que se hizo religiosa carmelita e Ignacio y Juan Cruz que decidieron ser jesuitas.

Realizó su primer año de noviciado en Loyola, luego fue destinado a la Viceprovincia de Venezuela para culminar su formación en el Noviciado San José Pignatelli en su sede en Los Chorros, Edo. Miranda. Pronuncia sus Primeros Votos el 17 de diciembre de 1951, en Los Chorros ante el Viceprovincial P. Jenaro Aguirre, S.J. A partir de 1952 comienza a poner su oficio de carpintero en servicio de la Viceprovincia. Ayuda en la construcción de la sede del Colegio San Ignacio en Chacao y del Noviciado San José Pignatelli en los Teques, Edo. Miranda.

En 1959 es enviado a Cuba para realizar su Tercera Probación durante 9 meses. A su regreso a Venezuela pronuncia sus Últimos Votos ante el Viceprovincial P. Daniel Baldor, S.J. el 15 de agosto de 1960, en Los Teques, Edo. Miranda.

Entre 1961 – 1997 se convierte en el encargado de la carpintería del Colegio San Ignacio de Caracas. Realizó puertas, ventanas, sillas, pupitres, mesas, bancos, escaparates, armarios, carteleras, altares y hasta paletas para el juego del frontón, siempre de gran solidez y calidad. Nunca conoció más día festivo que los domingos y los días de guardar. Para encontrarlo había que buscarlo en la carpintería detrás de “Villa Loyola” o donde estuviera haciendo un arreglo o reparación.

Durante sus años de juventud contaba con una extraordinaria resistencia y condición física. Los domingos tenía por costumbre ir a la misa de las 6:00 am, luego subir el cerro El Ávila hasta la cumbre del Pico Naiguatá a 2.765 metros sobre el nivel del mar y regresar a tiempo para la hora almuerzo; un verdadero récord que confirmaba sus cualidades como atleta. Era un apasionado del trabajo, los deportes y la Eucaristía.

Solía decir que la Misa tenía que ser por la mañana, porque uno entonces está más descansado y tranquilo, y lo mejor del día había que darlo al Señor. En varias ocasiones expresó: “Eso de la Misa por la tarde no gustarme; porque uno durante el día a veces escapar palabras fuertes y enfadarse. La Misa que vale es la de las seis de la mañana”. Un día iba El Hno. Juan Cruz, S.J. muy temprano a la capilla del Colegio San Ignacio y alguien le dice: “Mira, Juan Cruz, el aire acondicionado no está prendido y además no hay nadie”. A lo que él contestó: “¿Cómo no estar nadie, acaso no estar el Señor?”. Tal era su fe que también solía asistir a la Misa de la Colonia Inglesa en el Colegio, cuando le preguntaban para qué iba si no entendía ninguna palabra de inglés el respondía: “Bueno a mí recordar las Misas de latín de otros tiempos, en que tampoco uno no entender nada. Pero uno poder acercar al misterio de Dios”.

Siempre mantuvo una conexión especial con su hermana Concepción, gracias a eso a las Hermanas Carmelitas Descalzas en Burgos (España) siempre disfrutaron del café venezolano que él mismo se encargó de que nunca les faltara, incluso después de que su hermana falleciera el siguió enviándoles café a las carmelitas. Siempre se mantuvo trabajando sin descanso hasta que su estado de salud se lo permitió, durante 36 años seguidos en la carpintería detrás de Villa Loyola. En sus últimos años ya no tenía el mismo vigor para dedicarse a su amado oficio de carpintero y por recomendación de los médicos ya no podía trabajar, entonces se le veía angustiado y triste.

Una vez se enfermó de tal manera que pensó que iba a morir. Entonces mandó a llamar al P. José María Salaverría, S.J., para que lo confesara. Se durmió con el crucifijo entre sus manos, al día siguiente despertó algo mejor, y con su particular manera de ser expreso: “Señor, que difícil es morir”. Pero el 09 de agosto de 1998 el Hno. Juan Cruz Eizaguirre Aizpuru, S.J. falleció en completa paz y tranquilidad, con 78 años de edad y 48 al servicio de la Compañía de Jesús. Y así como algunos jesuitas tal vez transciendan en el tiempo con su sólido trabajo como profesores, o excelentes evangelizadores, el Hno. Juan Cruz, S.J. transcenderá en los sólidos bancos de la capilla que albergan a los feligreses o en los pupitres del Colegio San Ignacio en donde reposan los estudiantes ávidos de adquirir conocimientos.

Damos gracias Dios por la vida y obra del Hno. Juan Cruz Eizaguirre, S.J., pedimos que su ejemplo nos anime en la misión encomendada.

Adrián Jiménez
Archivo Curia