El Hno. Ignacio Carlos Andoaga Barea, S.J. de una manera sutil, sencilla, casi imperceptible hizo su apostolado durante toda su vida. Su mensaje llegó al grupo más diverso de personas: médicos, empleados, estudiantes, obreros o profesores, todos disfrutaban de su calidez humana y su palabra oportuna. Tenía un carisma especial para trasmitir a otros lo que él sentía de Papá Dios, de Jesús, de la Virgen y de todos los Santos.

Ignacio Carlos Andoaga Barea nació el 31 julio de 1926 en San Sebastián, capital de la Provincia de Guipúzcoa (España). Fue bautizado el 15 de agosto de 1926 en la Iglesia San Sebastián Mártir. Sus estudios de primaria y secundaria los realizó en su ciudad natal. A temprana edad comenzó a trabajar en varias empresas y también cumplió con el servicio militar. No fue sino hasta los 28 años de edad que decidió ingresar al Noviciado de Loyola, el 10 de febrero 1955.

En 1958 recibió el encargo de ayudar en la Asociación “Amigos de Loyola”, atendiendo el oficio de enseñar la Santa Casa a los visitantes utilizando sus habilidades para hablar en español, euskera y francés. Realizó su Tercera Probación en el Real Monasterio de Santa María de Veruela (Zaragoza) y allí pronunció sus Últimos Votos el 15 de agosto de 1965. Durante ese año que estuvo en Veruela realizó estudios en Teología. En 1967 fue destinado a la Viceprovincia de Venezuela.

Llegó a Venezuela el 22 de agosto de 1967. Su primer destino fue el Noviciado San José Pignatelli en Los Teques, en donde sirvió como enfermero hasta 1969. Ese año fue enviado al Colegio Gonzaga de Maracaibo en donde además de ser encargado de la portería apoyaba en la enfermería del colegio. En 1971 durante unos meses ayudó en la portería de la Residencia San Francisco en Caracas. Luego fue enviado al que sería su destino predilecto: San Fernando de Apure.

El Hno. Ignacio Andoaga, S.J. llegó al Centro de Fe y Alegría Padre Gumilla en la Guanota, San Fernando de Apure en 1971. Primero se desempeñó como Subprefecto de Alumnos hasta 1977 y luego asumió por 22 años la responsabilidad de la cocina y ayudar en la enfermería, ambas responsabilidades llenaban su vida de una inmensa satisfacción.

Los achaques propios de la edad y un fuerte malestar en sus rodillas hicieron necesario que se le enviara a la comunidad del Colegio San Ignacio en Caracas en el año 2002. Aunque dejar La Guanota le rompió el corazón aceptó su misión de la mejor manera y asumió su nueva responsabilidad como portero y responsable de la capilla en la comunidad del San Ignacio.

A propósito de la celebración de sus 50 años en la Compañía en el 2005, el P. General Peter-Hans Kolvenbach, S.J. le escribió una carta, aquí un fragmento:

“No temo equivocarme si digo que esta forma de apostolado a través de la buena palabra, el gesto acogedor, la estampa oportuna y una constante disposición a darse, especialmente a los más pobres, ha sido su interpretación de su vocación religiosa en la Compañía (…) Así lo recuerdan en el Colegio Gonzaga de Maracaibo, donde ejercita la acogida de los visitantes en la portería y de los estudiantes que acuden por remedios a la enfermería. Me dicen que eran muchos los que alegaban algún malestar con tal de acercarse al Hno. Ignacio, seguros de recibir un trato amable y algún pequeño regalo que Vd. acompañaba con buenos consejos de ocasión (…) Gracias, Hno. Ignacio, por haber entendido tan bien el ideal de la Compañía, que nos pide ser contemplativos en la acción”.

También uno de sus compañeros en la comunidad de San Fernando de Apure escribió para celebrar sus 50 años de Compañía, en esa ocasión el P. Jesús (Txuo) Rodríguez, S.J. expresó:

“Ignacio iniciaba sus labores a las 4 de la mañana, él ayudaba a alistar el desayuno de 220 personas del colegio y de la comunidad. Pero la presencia del Hno. Ignacio en la cocina, para los muchachos del colegio, era la presencia de aquel amigo cercano que les iba a consentir (…) sólo les bastaba pasar por la puerta trasera de la cocina para recibir de manos del Hno. Ignacio un cambur, un pedazo de pan o un dulce que estuviese preparando (…) Con lo que respecta a la enfermería, era impresionante la cantidad de muchachos que le esperaban después de la cena a las afuera de la enfermería. Las colas inmensas. Yo me preguntaba: ¿Todos los días estos muchachos tienen enfermedad? ¿Qué tanto se curan estos muchachos? Era una duda que me asaltaba. Pero poco a poco fui descubriendo que los muchachos inventaban enfermedades para tener la oportunidad de poder conversar con el Hno. Ignacio. Él en ese pequeño espacio de tiempo que le ofrecía a cada uno, también les daba una palabra de aliento, les escuchaba sus necesidades y aprovechaban para pedirle porque estaban seguros de que Ignacio era muy generoso. En la gaveta de la enfermería siempre había crema dental, jabón, papel higiénico, rosarios… Él estaba preparado para las necesidades. Ignacio es un hombre que evangeliza con sus acciones”.

En el 2006 fue sometido a una delicada intervención quirúrgica en las rodillas y no soportó el periodo de recuperación. El Hno. Ignacio Carlos Andoaga Barea, S.J. falleció el 02 de diciembre del 2006 con 80 años de edad y 51 años al servicio de la Compañía de Jesús. Las exequias se realizaron el 04 de diciembre del 2006 en la Capilla del Colegio San Ignacio. Durante su homilía el Provincial P. Jesús Orbegozo, S.J. expresó:

“Era típico oírle relatar como iba atendiendo a los bienhechores de Fe y Alegría con estampitas, huevos, patos de su patera, frutas… En todo momento Ignacio estaba disponible para escuchar la cuitas y necesidades de la gente, dar su desinteresado consejo (…) Esto se explica porque Ignacio era un hombre de oración, y vivía la experiencia de Dios en su vida, de modo que estaba siempre listo para atender y servir a la gente y, a la vez, a contagiar con toda sencillez su devoción a María y al Sagrado Corazón. (…) Siguió desde la portería su apostolado silencioso con sus conversaciones espirituales, entregando folletos, oraciones y estampas. Y siempre con palabras de ánimo y esperanza. (…) Pidamos que aquello que le aconteció a Jesús resucitado se haga realidad en el Hno. Ignacio, en cada cristiano y en todos los hombres y mujeres de buena voluntad”.

Damos gracias a Dios por la vida y obra del Hno. Ignacio Carlos Andoaga Barea, S.J., pedimos que su ejemplo nos anime en la misión encomendada.

Adrián Jiménez
Archivo Curia