El objetivo número 1 del Plan Apostólico 2021/2026 de los Jesuitas de Venezuela expresa que, debemos “acompañar a los pobres, víctimas, descartados del mundo y vulnerados en su dignidad para que se constituyan en verdaderos sujetos personales, sociales y eclesiales, a partir de sus identidades y culturas”.

Podemos pensar que somos un país de desiguales entre iguales; eso es lo que define la sociedad venezolana actual. Nadie puede pensar que existe una única Venezuela a la que pertenecemos todos los venezolanos; hay muchas Venezuelas, no somos un pueblo, somos muchos pueblos que compartimos un mismo territorio. El tamaño de nuestras diferencias no solo se expresa en los estratos sociales sino también en las oportunidades económicas, el acceso a la información, los servicios sociales, la infraestructura física y la diversidad de productos y servicios que tenemos disponibles para nuestro consumo y disfrute (España, 2016).

Esto nos hace preguntarnos qué estamos haciendo, como Filosofado Jesuita “Ignacio Ellacuría”, para “acompañar” a tantos venezolanos que viven en tantas Venezuelas, que se encuentran ubicadas en Catia y en La Vega. La primera idea que se nos ocurre es ir a los indicadores de proceso y visualizar cuáles de ellos estamos cumpliendo. No para idealizarnos o desvalorizarnos, sino para ir evaluando nuestro transitar hacia, lo que hemos llamado, la vivencia del Plan Apostólico.

Como comunidad nos podemos hacer dos preguntas: 1) ¿Estamos propiciando la inserción, presencia y relación directa de los jesuitas con comunidades de sectores populares a partir de diversas formas pastorales de vinculación?; y 2) ¿Cuál es el número de jesuitas activos y comunidades que acompañan y celebran la fe en comunidades de sectores populares?

La primera pregunta, desde nuestra realidad comunitaria, se responde afirmativamente, pero con la segunda pregunta podemos caer en el error de solo contestarla cuantitativamente. Aun así, no nos importa contentarnos con saber estas respuestas. Queremos adentrarnos en la realidad misma de nuestra comunidad, de nuestras zonas de pastoral y visualizar desde ese contexto los indicadores de proceso.

Para Montero (2004), por ejemplo, una comunidad está hecha de relaciones, pero no solo entre personas, sino entre personas y un lugar que, junto a las acciones compartidas, con los miedos y las alegrías, con los fracasos y los triunfos, sentidos y vividos, otorga un lugar al recuerdo, un lugar a la memoria colectiva e individual. Un lugar construido física y emocionalmente del cual nos apropiamos y que nos apropia, para bien y para mal.

De esta manera, la identidad comunitaria es una forma de identidad social, construida por las personas que integran una comunidad, que se expresa en relaciones marcadas por la afectividad, en el discurso y en acciones que otorgan sentido de pertenencia a esa comunidad. Podemos entender, entonces, que una comunidad es todo grupo social dinámico, histórico y culturalmente constituido y desarrollado, preexistente a la presencia de agentes externos.

Y eso es todo lo que somos cuando vamos cada sábado, y algunos días de semana, a las comunidades donde realizamos la pastoral. Somos agentes externos, que nos relacionamos con agentes internos para juntos insertarnos en la comunidad y, así, juntos encontrar vías de transformación para las comunidades a las que acompañamos y nos dejamos acompañar por ellas.

Siempre es importante partir desde una revisión de nuestro paradigma de aproximación al otro, estableciendo relaciones horizontales y bidireccionales, no excluyendo a nadie y comprendiendo que los otros son sujetos densos y decisivos dentro de las comunidades. No obstante, esto es lo que más nos cuesta aceptar cuando intentamos hacer trabajo comunitario, cuando intentamos hacer una pastoral distinta. Por esta razón, nuestra formación como jesuitas, puede ayudarnos a aceptar el protagonismo del otro en su propia transformación, aceptando nuestro saber y el saber comunitario.

Para finalizar si cumplimos lo anterior, en el Filosofado “Ignacio Ellacuría”, propiciando la inserción, presencia y relación directa de los jesuitas con comunidades de sectores populares a partir de diversas formas pastorales de vinculación y no estamos siendo solo simples agentes externos asistencialistas que llevamos todo hecho, de paquete, a las comunidades. Sin embargo, es necesario partir de una revisión profunda de nuestros modos de aproximación a las comunidades en las cuales realizamos nuestra pastoral.

Referencias bibliográficas:

España, L. (2016). Desiguales entre iguales. 2da. Ed. Editorial CEC, S.A.: Caracas.

Montero, M. (2004). Introducción a la Psicología Comunitaria. Editorial Paidós: Buenos Aires.

Emmanuel A. Rodríguez O., S.J.