Hago uso de estas palabras de Moisés para introducir lo que considero que también ha sido mi experiencia durante estos tres años de estudios de teología en el Centro de Formación Interprovincial Santo Inácio en Belo Horizonte, Minas Gerais, Brasil: ver que el misterio de nuestro Dios nos sale al paso en lo cotidiano de nuestra historia y, despertando nuestra curiosidad, nos invita a acercarnos, entablar una relación y hacer cada vez más íntimo y profundo el conocimiento mutuo. Espero que no parezca demasiado elaborado eso que acabo de decir, sin embargo, haciendo una síntesis descubro que así ha sido mi vida y en especial este tiempo.

Tres son las experiencias que se han convertido en zarzas ardientes para mí en este período de estudios teológicos: la teología como una visita a la historia de nuestra fe, del aparecerse de Dios a tantas personas en el pasado -y hoy- que termina transformando todo en lugar de salvación, una fe histórica que nos desafía a comprenderla y a ser capaces de llevarla al diálogo con el complejo mundo de las ideas y la razón humana. La pandemia que nos llevó a experimentar dos años de estudios de forma remota desafiando nuestro uso del tiempo y de las tecnologías de la comunicación al mismo tiempo en que intentamos descubrir formas de hacernos presentes en las pastorales para acompañar un poco la incertidumbre, las limitaciones y necesidades por las que todos estábamos pasando. En ese intervalo la vida comunitaria se intensificó y me siento muy agradecido por la proximidad, el cuidado, la escucha y también la paciencia de mis compañeros de comunidad.

El intercambio cultural es también otra experiencia transformadora de este tiempo, no somos únicamente estudiantes jesuitas de diversos países de Asia, África y América intentando comunicarnos en una nueva lengua (el portugués), sino también la diversidad cultural y religiosa que existe en un país del tamaño de un continente como lo es Brasil. El trabajo de misión y de diálogo de la Iglesia Católica brasileira con los pueblos indígenas, el contexto de la región amazónica, con las religiones y cultura de matriz africana, por mencionar algunos de los lugares con los que tuve algún contacto, abren el horizonte de lo que representa mi ser cristiano y jesuita hoy.

Encontrándome a pocos días de la ordenación diaconal y de regresar a Venezuela siento que son muchas las zarzas que he encontrado en el camino y un mismo fuego el que se manifiesta en cada una de las experiencias que he vivido en la Compañía de Jesús. Me siento muy agradecido de este tiempo de crecimiento interno, de reflexión teológica y de encuentros y clases en línea.

Víctor Fernández, S.J.