EN LA CALLE CODO A CODO SOMOS MUCHO MÁS QUE DOS.

Pienso que este verso del poema “te quiero” de Mario Benedetti expresa metafóricamente a modo de síntesis el recuerdo que conservamos de Williams después de su partida. Por eso lo escogemos como título de este pequeño escrito que deseamos compartir con ustedes. Nuestro propósito es expresar lo que este compañero de camino ha significado para nosotros como amigo, como hermano y como compañero de Jesús; desde lo que nos ha regalado Dios como gracia suya derramada en su vida y desde lo que su vida supone de desafío para todos.

No pretendemos escribir un relato laudatorio ni siquiera por seguir la aconseja popular de que de los fallecidos no se habla mal. Esta narrativa no se correspondería con quien queremos describir. Tal como lo llamábamos en ocasiones, nuestro querido filósofo de Acarigua habría dicho: “No importa, que se acuerden de uno aunque sea hablando mal”. Como todo hombre o mujer de esta tierra, Williams fue un hombre también con limitaciones que a ratos las sufría él y en ocasiones nos hacía sufrir a otros.  El que esté libre de pecado que lance la primera piedra.

De nuestros años de Compañía –dentro de unos meses alcanzaríamos los 28 años- quiero resaltar tres características suyas que además de describir la fecundidad de su paso por este mundo, se convierten en desafío para quienes seguimos como compañeros de Jesús transitando estos mundos.

En primer lugar, Williams fue un apóstol de Jesús formado y convencido de la opción preferencial por los pobres. Con los años pasó de los radicalismos políticos de su adolescencia –fue un entusiasta militante de la izquierdista Liga Socialista- a los maduros y discernidos  radicalismo al que nos invita Jesús de Nazaret. Se movía con soltura y se sentía realizado en su apostolado, personal y personalizadoramente, en el ámbito popular. Mantenía vivo en su horizonte el desafío –siempre actual- de la inserción de nuestra vida en el mundo de los pobres. De su vida en medio de la gente y con la gente no encontraremos en él altas elucubraciones especulativas pero sí agudas perspicacias pastorales que le permitían alimentar la dimensión intelectual de su apostolado sin perder la cercanía afectuosa, real y efectiva con la gente sencilla. ¡Por eso resulta significativo el lugar al que refiere el poema… en la calle!

En segundo lugar, Williams era un hombre bueno en su estilo propio que transparentaba sencillez. Sabía más de generosidad oblativa que de ofrecimientos calculados. Quizás por eso no era hábil ni para los números ni para las cuentas y con mucha dificultad vivía la cronometría de su agenda. Esa buhonomía suya se expresaba en la cercanía afectuosa y confiada; en la compañía compasiva y misericordiosa; y no menos en la gracia del chiste y de la broma. Si algo lo ponía a sufrir, creo yo, era no encontrar entre los más cercanos la misma disposición. Estoy convencido que debido a su apuesta ciega por las personas en más de una ocasión transgredió, para salvaguardar a quienes estaban a su cuidado, las prescripciones objetivas de lo mandado o recomendado. En pocas palabras, buscaba alimentar siempre esa horizontalidad fraterna que expresa el poema con aquello del codo a codo.

En tercer lugar, Williams era hombre siempre preocupado porque aconteciera en su vida y en la de otros la correlatividad auténtica del seguimiento de Jesús como miembro de la Compañía, como parte de la vida religiosa y como hijo de la Iglesia. Siempre tenía presente los problemas de la Compañía cuyo discernimiento compartía con otros en cuanto hubiera oportunidad. Por esta razón, sufría de manera especial con aquellos procedimientos que pensaba y sentía que no contribuían con la fecundidad apostólica de la Orden. Además de la agudeza con la que manejaba los datos del catálogo, no dejaba de pensar en las oportunidades que había de enamorar a otros para este camino. Desde aquellos tímidos encuentros trimestrales que organizaba con los chamos de La Vega y que los llamaba “sólo para curiosos”, hasta los encuentros mensuales de acompañamiento con los candidatos en el Gonzaga en estos últimos tiempos, jamás dejó de estar vinculado a la pastoral vocacional. El día del su funeral el Arzobispo compartió con todos ese rasgo de Williams de su insistencia en vincular a la vida religiosa de la zona. Y no es menos cierto su vinculación con la pastoral de conjunto.

Pienso que su partida fue una especie de negociación misteriosa entre Dios y él. No podía ser de otra manera. Unos días antes, por esos misterios de la vida, le había expresado a Benito Azcune que quería ver a Dios. Se fue no como él habría querido irse, despidiéndose bien de todos y de cada uno. Pero se fue el día que él habría querido irse, un viernes final de mes para poder tener todos posibilidades de celebrar su vida y no llorar su partida. ¡Gracias Williams por tanto bien recibido!

Eloy Rivas S.J – De su mismo año de ingreso a la Compañía

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