El servicio comunitario está pensado por la Ley como un requisito que deben cumplir los estudiantes de pregrado, aprobada más de la mitad de la carga académica de la correspondiente carrera; la idea central es que los estudiantes sirvan en una comunidad por espacio de ciento veinte horas académicas, atendiendo problemas que ella tenga, sirviéndose de la preparación que han recibido hasta ese momento. Dicho esto, se convierte en un requisito más para el grado, o una gran experiencia formativa, de esas que cambian la vida.

En la UCAT, el servicio comunitario ha sido pensado como instancia verdaderamente formativa, y es ante todo un espacio de encuentro: con la Universidad, con la realidad, con la comunidad y consigo mismo para los prestadores.

Con la Universidad, de las comunidades, para asumir como suya la institución, en la medida que se muestra como servidora y cercana a sus necesidades, dado que se presenta como aliada para la construcción de alternativas de solución; con la realidad, de la Universidad, puesto que sus miembros al interactuar con problemáticas complejas se hacen sensibles a las necesidades del otro, a sus carencias, pero también a sus oportunidades, y reflexiona sobre la pertinencia de su propia malla curricular y líneas de investigación; con la comunidad, de los miembros de la institución que entienden la concreción de sujetos sociales, con los que se encuentra llamada a dialogar, para acompañarse mutuamente en la construcción y consolidación del tejido social; para los propios prestadores del servicio, consigo mismo: allí ellos han podido hacerse cargo de un contexto problematizado, y de cómo reaccionar frente a eso, qué les mueve, qué pueden hacer, cómo dejarse abordar por el otro… La respuesta del sujeto trasciende las letras, ha de encontrarse en el espíritu.

Ser ese espacio de encuentro ha permitido, y esperamos, permitirá seguir encontrando prestadores que ya no “cumplen” ciento veinte horas, sino trabajan junto con sus hermanos ciento ochenta y más; “prestadores” que ya no son estudiantes, sino egresados, que disponen de su tiempo para acompañar una experiencia que han visto nacer o consolidar; comunidades que no son “receptoras de ayuda” sino agentes directos de la gestión de sus asuntos, y que pueden solicitar apoyos concretos en esta o aquella área; en fin, poder seguir creciendo como Universidad que siente el llamado al servicio del otro, el llamado de en Todo Amar y Servir.

Jesús Gerardo Díaz

Secretario UCAT.

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