Dentro del corazón de la Espiritualidad Ignaciana en Venezuela se han propuesto las bases para construir herramientas que nos capaciten a desarrollar acciones humanizadoras que vayan a favor de nuestro Plan Apostólico como proyecto de Provincia jesuítica. Hemos tomado muy en serio la forma concreta en la que Jesús de Nazaret propuso el Reinado de Dios como acontecimiento real de justicia y reconciliación, además que nuestro horizonte apostólico reconoce que el mensaje de Jesús se dirige directamente a renovar los discernimientos entorno a las políticas sociales, a dar fuerzas para que las voluntades de los oprimidos y los cautivos fueran una oportunidad de resiliencia necesaria para continuar con un espíritu nuevo, reconociendo espacios para crecer en la integración social (Lc 4, 18; Mt 11, 4).

Una consideración global del mensaje de Jesús permite verificar razonablemente lo que en nuestro país tenemos como propuesta de servicio y de misión. El arraigo espiritual del venezolano ayuda a sobrevivir y a mantenerse, pero hace falta contribuir más al fortalecimiento de una sociedad civil justa, democrática, solidaria y sustentable desde la experiencia de fe, que dé ciertas garantías de estar «haciendo» y «promoviendo» esperanzas encarnadas, actitudes de conversión personal y colectiva, inspiraciones para la educación de las juventudes del futuro, autenticidad en las relaciones humanas y significación de la realidad nacional.

Como Provincia nos preguntamos siempre cómo acompañar a los pobres, víctimas, descartados del mundo y vulnerados en su dignidad para que se constituyan en verdaderos sujetos personales, sociales y eclesiales, a partir de sus identidades y culturas; esta inquietud supone un reto gigantesco porque no solo estamos hablando de la desaparición de dignidades familiares con tradiciones centenarias, sino de la discontinuidad del país como nación incapaz, ahora, de velar por las necesidades más elementales de su gente.

Los escolares jesuitas vemos este panorama alarmante. Vemos cómo las nuevas generaciones huyen del país buscando mejores horizontes, y nuestra tierra está quedando sola y sin progreso ciudadano. En las comunidades donde hacemos vida pastoral (en el barrio La Vega y en los Flores de Catia) vamos cada día descubriendo que nuestra gente más que querer un cambio político, pide de nosotros una inteligencia humana asumida como liderazgo, así como la creatividad para reconocer oportunidades en un futuro entorno social sin controles asfixiantes y sin corrupción. Por eso pensamos que el Plan Apostólico nos está resultando, porque asumimos como nuestra la situación de injusticia en el país, el consiguiente sufrimiento de los pobres y su aspiración a la justicia, no solo como parte de la situación económica y social en declive, ni reducida a un elemento de la situación moral, sino como parte también de la situación religiosa que tiene que ver con Dios.

En La Vega, algunos jesuitas en formación hacemos pastoral a través de un programa de alimentación y de refuerzo escolar que se llama «Casa de los Muchachos», nuestra intención es y será siempre promover procesos de liberación de la situación de injusticia que padece el barrio y no solamente hacer actividades de inclusión. Nos confiamos en que es posible experimentar al Dios verdadero desde la interpelación de nuestra gente común. Los niños y jóvenes que se acercan van entendiendo que no se puede experimentar a Dios sin sentir la urgencia de comprometerse a favor de la justicia, por eso, con jornadas de ollas solidarias, de visita casa por casa, de diversas actividades religiosas con proyección a la comunidad y de aprovechamiento de recursos subsidiados nos acercamos a una auténtica experiencia de Dios. Contamos con el apoyo de jóvenes que viven con ilusión un servicio de voluntariado, ellos están en búsqueda de ponerle nombre a sus talentos como expresión básica de su protagonismo juvenil, al tiempo que son acompañados en sus procesos de discernimiento vocacional y humano; jóvenes que van paso a paso formándose en el basto mundo de los derechos humanos.

En los Flores de Catia nos encaminamos en las comunidades eclesiales de base. En esas comunidades aparece siempre la pregunta de los ciudadanos: ¿qué pasará con nosotros? En ella descubrimos una vez más la situación de la sociedad actual en nuestros ambientes, tanto en el mundo laboral como social, en las relaciones familiares, en la dinámica de muchos grupos de los sectores, en fin, lo hacemos mediante la preparación formativa de los líderes comunitarios que ya saben que tienen una tarea titánica y que consiste en el empoderamiento de su protagonismo como principales sujetos sociales y religiosos que no figuran en las redes sociales, ni serán conocidos más allá de su ámbito sectorial, familiar y vecinal. Creemos que esas son las personas que cambian estructuras políticas, sociales y económicas, y que no son supuestos héroes políticos pidiendo levantamientos del pueblo venezolano, ni mucho menos partícipes inherentes de sistemas totalitarios y gubernamentales, al contrario, son gente de a pie, con un alto nivel de humanidad, de bondad, con delicadeza de trato, cortesía y lealtad de opinión. En los Flores de Catia también catequizamos y visitamos a los enfermos, celebramos la Palabra con una espiritualidad con trascendencia y apego insondable de la realidad; llevamos a las gentes de nuestros sectores la iniciativa a participar de una solvencia moral como herramienta para entender el futuro, tratándose siempre de tomar en cuenta la convivencia cercana y dialogada a la hora de diseñar estrategias de cambio de mentalidad.

El Plan Apostólico nos está resultando, pues, seguimos tras la pista de las orientaciones de nuestra Iglesia que nos impulsa, una vez más, a darle prioridad al tiempo, a iniciar procesos más que de poseer espacios, a acompañarlos y a evaluar su real incidencia en la vida de las personas. Los escolares jesuitas queremos que este Plan que estamos asumiendo y viviendo se vincule con profundidad en nuestras motivaciones vocacionales y propicie el cultivo de nuestras realizaciones como compañeros de Jesús.

Los jesuitas en formación hemos entendido que la Compañía de Jesús en Venezuela ha sido clara en su invitación de preservar una sensibilidad, no solo en la escucha y el acompañamiento, sino también en el accionar apostólico que se necesita para enfrentar los desafíos de nuestra misión. Somos conscientes que muchas estrategias del pasado, hoy por hoy, ocurren en territorios de la mente. Nuestro país y nuestra misión requieren de nosotros un discernimiento constante de nuestros modos y medios para la misión, pero, ¿cómo hacerlo? A sabiendas de nuestro «ser religiosos» tenemos el llamado a renovar nuestra visión de sujetos jesuíticos.

Desde La Vega y los Flores de Catia algunos jesuitas estamos siempre hablando de reinvención para promover cambios de paradigmas, para hacerle frente a la injusticia, a la insolidaridad que la perpetúa, a la mentira que la encubre y a la ideología que la justifica, y que, en definitiva, desfigura y oculta el verdadero rostro humano de Dios.

     Jean Romero, S.J.