Recibimos ayer una comunicación del economato general en la que se nos informaba, entre otras cosas, de las novedades en el manejo de nuestras finanzas en estos tiempos y de los gastos correspondientes a la curia general. Pero además la carta contenía, significativamente, dos parágrafos, uno de ellos bajo el epígrafe que presiden estas líneas y otro “un simple voto para proteger la pobreza”, que me pareció importante compartir con ustedes. Sencillamente trascribo a continuación ambos parágrafos, como parte de todos esos aportes que están enriqueciendo nuestra reflexión en estos tiempos.

A medida que el impacto de la pandemia global se comienza a sentir en nuestras obras y comunidades podemos tener que enfrentar algunas decisiones muy difíciles respecto a qué podemos seguir sosteniendo y posiblemente dónde tendremos que decidir terminar nuestra misión. También la pandemia puede desafiar nuestros estilos de vida: vivir con menos debido a la pérdida de ingresos o donaciones o por un deseo de dar parte de lo que tenemos a los menos afortunados. A través de todo esto deberemos proteger aquello a lo que nuestra pobreza nos llama: vivir de donaciones de benefactores o de una justa remuneración por nuestro trabajo. Ambas pueden disminuir en los próximos meses y nuestras comunidades y obras se pueden ver impelidas a hacer sacrificios por la necesidad de vivir con menos.

Nuestras obras también buscarán apoyo y se dirigirán a la Compañía/ Provincia buscando ayuda. Esto nos llama a un cuidadoso discernimiento: decidir qué tipo de ayuda puede ser ofrecida que refleje nuestra pobreza y cómo preservar nuestra capacidad para apoyar las obras que tienen la máxima prioridad y mayor necesidad. Será difícil no apoyar a algunas e incluso dejar otras. Es aquí donde serán una ayuda las Preferencias Apostólicas Universales y el Plan Apostólico de la provincia y sus prioridades implícitas. También será duro mantener una perspectiva global en nuestra toma de decisiones: equilibrando las demandas locales con las necesidades globales de la Compañía de Jesús. No tenemos las mejores estructuras para evaluar necesidades y modos de compartir recursos, pero al menos en estos tiempos de crisis es importante tener en cuenta que somos una Compañía universal, que busca cuidar a los más necesitados incluso aunque esto signifique mayores sacrificios para los que tienen recursos.

En este contexto, las conversaciones entre administradores (ecónomos, jefes de obras, superiores mayores, directores de oficinas de desarrollo) a través de los varios medios disponibles (Zoom, Skype, Teams, etc.) pueden ser de gran ayuda para compartir experiencias, estrategias, e incluso posibles formas de ayuda mutua. Sobre todo: recemos unos por otros en nuestro rol de administradores para que podamos comunicar esperanza, apoyo y espíritu de discernimiento para la mayor gloria de Dios.

Frecuentemente hacemos referencia a la promesa hecha por los profesos de no relajar la pobreza, y que de haber cambios éstos serían para hacerla más estricta. Es interesante notar que la CG 31 definió muy claramente el objetivo de esta promesa, a saber “no conceder rentas estables ni posesión alguna para uso propio de las casas…” (CN 137; CG31 d18 n14). Otras indicaciones o estructuras para nuestra pobreza pueden ser cambiadas dados los signos de los tiempos y los cambios de los sistemas y procedimientos financieros. Sin embargo, el espíritu de la promesa de buscar una pobreza más estricta debe ser parte de nuestra manera de pensar: ¿cómo estos tiempos nos llaman a un mayor testimonio de nuestro voto y qué medidas necesitamos introducir para que el testimonio evangélico de la pobreza Ignaciana sea significativa para nuestro mundo? Es posible que todos estemos siendo llamados a ser más estrictos en nuevas formas de vivir.

P. Eloy Rivas S.J.
Ecónomo Provincial

 

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