En todo amar y servir. San Ignacio

Época colonial

La presencia jesuítica colonial en lo que hoy es la República de Venezuela fue relativamente poco numerosa. Menos significativa en el centro y en las ciudades -excepto Mérida- y de gran trascendencia en aquellas regiones que todavía hoy están muy precariamente asimiladas por la nación venezolana. El territorio Amazonas y el río Orinoco fueron el escenario principal de sus desvelos.

Río Orinoco

Siglo y medio de presencia educadora con un colegio en la ciudad de Mérida (1628-1767), significativos tanteos fundacionales en Caracas y apenas medio siglo en los inhóspitos territorios de las misiones en las cabeceras del Orinoco, dejaron una huella imborrable en la historia de Venezuela.

Durante un siglo los jesuitas trataron sin éxito de asentar su trabajo en el Alto Orinoco como avanzada de los llanos del Meta y Casanare, adonde entraban por los lados de Colombia. Fue el P. Gumilla quien, ya entrado el siglo XVIII, logró avanzar por el Orinoco y establecer bases más estables en medio de mil peligros y penalidades.

La actual ciudad de Cabruta en la confluencia del Apure y el Orinoco fue fundada por el P. Bernardo Rotella (en 1740), quien murió en ella ocho años después.

P. Salvador Gilij

Más tarde sobresale el P. Felipe Salvador Gilij, quien dedicó 19 años de su vida a las misiones en el Orinoco, de donde salió a causa de la expulsión decretada por Carlos III. Su aporte filológico es el más relevante de cuantos hicieron los jesuitas misioneros del Orinoco.

Al igual que los padres Gumilla, Rotella y otros, el P. Gilij se esmeró en estudiar las lenguas indígenas llegando a dominar tres de ellas. Su “Ensayo de Historia Americana” es todavía hoy de máximo interés para el conocimiento y comprensión de los indígenas de las regiones del Alto Orinoco. A él debemos la primera clasificación de las lenguas del Orinoco. Sus aportes a la geografía, etnología e historia natural de Orinoco son notables.

El P. Gumilla, en su obra “El Orinoco Ilustrado”, contó cómo hacia 1732 realizó la primera plantación de café en Venezuela. Asimismo se estableció la cría del ganado vacuno y el cultivo de otras plantas para poder mantener la población indígena agrupada en poblados.

Otro hombre sobresaliente fue el P. Manuel Román, quien dedicó 30 años de su vida a las misiones del Orinoco, donde murió en 1764. Dio a conocer como segura la existencia del brazo Casiquiare, enlace fluvial entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Contribuyó a la defensa de las fronteras y de los indígenas contra las incursiones de los portugueses desde el Brasil.

Cuando años después Humboldt llegó al Alto Orinoco, vio sólo los vestigios de un heroico esfuerzo truncado: “El ganado de los jesuitas ha desaparecido enteramente desde el año 1795, quedando sólo en el día, como testigos de la antigua cultura de estas comarcas y de la industriosa actividad de los misioneros, algunos troncos de naranjos y tamarindos aislados en las sabanas y rodeados de árboles silvestres”.

La expulsión hizo abortar los proyectos de establecimiento en las ciudades de Caracas y de Coro y acabó con el colegio incoado de Maracaibo.

Los jesuitas y la Independencia

A pesar de su escaso número y la lejanía de su acción con respecto a los centros políticos en Venezuela, la labor jesuítica en la América Hispana, su expulsión y su pensamiento, no fueron ajenos a la Independencia de Venezuela.

El prócer Juan Germán Roscio no los conoció pero supo de su doctrina. Él afirmó que la defensa que hacían los jesuitas del derecho de los pueblos oprimidos a la rebelión contra los tiranos fue causa de su expulsión en 1767 por el Rey Carlos III de España, temiendo que reforzara las inquietudes americanas que apuntaban ya, aquí y allá. “He aquí, dice, la verdadera causa porque fueron arrojados de los reinos y provincias de España: todo lo demás fue un pretexto de que se valieron los tiranos para simular el despotismo y contener la censura y venganza que merecía el decreto bárbaro de su expulsión”, escribió Roscio.

El precursor Francisco de Miranda calificó la expulsión de “sentencia inicua y bárbara, que proscribe en masa, más de trescientos jesuitas americanos honor y ornato de nuestra patria”. En realidad, fueron unos 2.500 los jesuitas expulsados de tierras americanas de dominio español, 120 los colegios cerrados y medio millón los indígenas privados de sus misioneros.

Miranda tuvo en Italia e Inglaterra contacto con algunos jesuitas -que vivían como sacerdotes después de suprimida la Orden- y tenía una lista de más de un centenar de ellos para traerlos como educadores después de la Independencia. En su desembarco en Coro en 1806, hizo leer en púlpitos y plazas la “Carta a los Americanos” del Abate Juan Pablo Vizcardo, un jesuita peruano, expulsado y afectado por la supresión. En dicha carta, Vizcardo -para la fecha ex-jesuita debido a la desaparición de la Orden- justifica ante los americanos y los invita a la independencia frente a España.

Los 29 diputados hispanoamericanos a las Cortes de Cádiz pidieron en 1812 que, “reputándose de la mayor importancia para el cultivo de las ciencias y el progreso de los Misiones, la restauración de los jesuitas sea concedida por las Cortes para los reinos de América”. La petición fue desestimada.

Desde 1767 hasta 1916 no hubo jesuitas en Venezuela, a pesar de lo cual el entonces presidente José Tadeo Monagas firma un decreto de expulsión en 1848. Es importante señalar en el siglo XIX la notable personalidad religiosa del jesuita venezolano P. José Manuel Jáuregui, nacido en Puerto Cabello, que en 1858 fue nombrado superior de todos los jesuitas de España.

 

 

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